domingo, 8 de diciembre de 2013

Alas heridas

Cuantos cuentos sobre ángeles se escuchan por todas partes, que el cura le dice a la señora rezandera que se encomiende a los ángeles, que la gente dice enviarte un ángel por correo electrónico, hasta a un cantante de música callejera le dio por escribir un tema sobre su ángel.

Algunos dicen que las madres son nuestros ángeles, otros dicen que son esas personas que de la nada nos ayudan a salir de apuros, un escritor de literatura incluso se los imagina como señores muy viejos con enormes alas que se caen en los patios de las casonas ubicadas en el norte del país, allá junto al mar o a un enorme río.

Hace unos días escuche a alguien decirle a un amigo que era un ángel, y no lo hizo para conquistarlo, sino más bien como muestra de agradecimiento por una muestra de cordialidad que cualquiera puede hacer para ayudara  otro. 

Pero basta, el cuento de los ángeles sigue siendo un misterio difícil de descifrar, no voy a pensar más en eso porque ayer me caí cerca del río y aun me están doliendo las alas.    

sábado, 16 de noviembre de 2013

Textoteca: Caminante no hay camino, verso a verso, golpe a golpe.

Todo encuentro casual es una cita en el número siete de la calle melancolía, donde un sapo cayó en un pozo y sus tripas hicieron pan, algunos dicen que es mentira, mentira la verdad, yo creo que cayó en el secreto aljibe, allá, al lado del camino donde hoy los bosques se visten de espino, por donde se escucha la voz de un poeta gritar mientras todo pasa y todo queda.

De la vereda de enfrente ella lo miraba, sosteniendo el puente de un solo lado, ese mismo que se quebró y dos pequeños que pasaban intentaron curarlo con cascaras de huevo, ese puente que servía para cruzar el mar y plancharse en francés al derecho y al revés, desde donde se veía una luz reflejada en el agua, algunos decían que eran los fuegos fatuos, otros decían que eran esos que andan hechos polvo por el campo, yo en cambio pensaba que eran las golondrinas que algún cronopio dibujó en el caparazón de una pequeña tortuga para que algún día volvieran a anidar debajo de tu balcón.

El la miraba de cerca, como quien quiere jugar al cíclope, mientras ella se le acercaba sonriendo cual si fuese la primavera cuando pasa ligera, el tiempo se relativizó, y no existía un aquí ni un ahora, se perdieron entre el presente, el pasado, y lo que será, soñaron con una mujer que flotaba por el aire entre sábanas almidonadas, una calle donde llovían mariposas amarillas, un hombre que afirmaba que la tierra era redonda como una naranja, pero se despertaron, y ahí estaban abrazados durante solamente una fracción de segundo, escondidos bajo una tormenta de nieve que duró quince minutos que parecían tres horas.

Llovía sobre mojado, tanto, que la luz se escapaba como chorros de agua por los ventanales de la cabaña mas cercana, ella se quedó quieta como un bichito, en tanto que el la buscaba perdido entre sueños llamándola por su verdadero nombre y eso que aún no la conocía, sólo sabía que la llamaban "ojos de perro azul", a él, se le confundían con los de un lobo estepario que se escondía cada noche a escribir poemas desde una buhardilla mientras una pequeña comía chocolatinas.  

En uno de esos sueños una serpiente trató de tragárselo, estaba tan loca, tanto que se envenenó con una paloma, él, que no era el más listo de la manada salió saltando tan alto y de prisa que perdió el sombrero y rasgó la camisa, ella que era la misma pequeña que comía cholatinas intentaba explicarle las cosas a un ciego con un piano, cuando se escuchó un terrible estruendo, sonó como un rayo que dejo a alguien estaqueado en medio del patio.

Como buena compañera de la lluvia, ella salió a socorrer al herido, pero ya era tarde, sólo quedaba el rastro de la sangre de aquel hombre en la nieve, que escribía en letra menuda los versos que cubren al poeta peregrino lejos del hogar en algún país vecino donde no hay perdón ni olvido.





miércoles, 13 de noviembre de 2013

Hoy lloré la muerte de Joachim Ziemssen

Esas son las cosas que le ocurren a una chica que lee un libro desprevenidamente en una tarde primaveral y encuentra noticias desalentadoras de ese personaje que sentía tan cercano, como un amigo, como alguien digno de admirar, y aunque hubiese optado obsesivamente por una profesión altamente desagradable, no dejó de ser doloroso darse cuanta de su partida, de saber que en las páginas restantes ya no se sentiría su presencia haciendo cura de reposo, sino que solo aparecería su nombre en forma de recuerdo.

Y ahí está la sensibilidad que te pueden llegar a despertar las historias relatadas por un literato, tanto que tuve que parar la lectura porque no me sentí de ánimo para leer un nuevo capítulo sin él.   

miércoles, 23 de octubre de 2013

Pies húmedos

La otra tarde estaba por ahí caminando sobre las calles de Rosario, esa ciudad que al fin me mostró la primavera con todos sus colores y con las sonrisas de la gente por todas partes, esas que se van reflejando en las aguas del Paraná, ese enorme río en el que vi por primera vez reflejada la luna roja durante un crepúsculo inolvidable.

Mientras caminaba por la orilla todo el paisaje fue cambiando, ese río que durante tantos meses había ido a visitar sólo para verlo correr y menearse como un niño que juega en su bañera con un par de patitos amarillos que pitan y con unos cuantos barquitos con motor a propulsión.

Ese río fue acercándose a mi casi imperceptiblemente, hasta parecía que me estaba guiñando el ojo, y fue allí donde se me ocurrió la idea de recolectar las botellas de vino que los bohemios dejan olvidadas en la noche cerca de la orilla, y llenarlas de palabras, de sonrisas y hasta de un par de murmullos, para que algún pescador desprevenido entre los ríos y los mares reciba el día menos imaginado un mensaje transportado por el oleaje de este río loco y de sus peces con dientes que le cantan serenatas al oído a la luna, colándose por los orificios de una botella mal tapada y así, en medio del lejano mar ya el pescador no leerá mis versos sino esos que entonan las aguas y sus criaturas cuando las noches de luna roja se confunden con el amanecer.

Entre una botella y otra, entre ese paso de los peces y el río, por entre ellas, comencé a sentir algo que acariciaba las plantas de mis píes,que lenta, suave y tibiamente se iba acercando a mis rodillas y que al observar bajando mi rostro, no era más que el río saludándome, dándome la bienvenida a sus aguas y mostrándome la primavera.      

lunes, 30 de septiembre de 2013

Jueves

El mágico jueves, algo tiene es día, tal vez sea porque se acerca el fin de semana y ya dejó de ser miércoles de ayuno y ceniza, pero algo ha de tener porque siempre me ocurren esas cosas raras.

Un jueves fue el día en que conocí por primera vez el sabor de tus labios, y un jueves los labios de otro conocieron el sabor de los mío, fue un día tan bello, que comencé a olvidarte, se me borró de la mente ese jueves en que me invitaste a un concierto allá en lo alto de la montaña, y que resultó totalmente aburrido, no se si fue porque eras tu la compañía o por esa banda que sabía de todo menos de música.

Ahora recuerdo esos jueves cuando mis ojos se volvieron a abrir justo ahí en la puerta del salón, cuando él se me acercó y por poco me quemo con la aromática que tenía en las manos.

Un jueves decidí irme de la ciudad, todo estaba listo, los tiquetes comprados y no me quise despedir de nadie, tan solo abordé el colectivo con la mochila sobre los hombros lanzándome a conocer nuevos mundos.

Ahora existen entre los dos muchos kilómetros, ya no quiero ir a visitarte, a él lo extraño, tal vez venga a verme en pocos meses, y tu seguirás ahí tan inmobil como siempre, como esa noche, como esa noche en que te dije que no quería volver a verte, quédate allá y no preguntes a nadie por mi porque no voy a estar.

El próximo jueves tengo una invitación, presiento que encontraré a ese amor de primavera que tanto me han prometido, quizá se sorprenda con mi acento tropical o enloquezca con mis rulos tan exóticos en este país, pero si no aparece, seguiré a qui tratando de cambiar el sentido de los días, buscando que los jueves no sean días de amores ni de cambios de rumbo, que simplemente se transformen en un día en que el universo conspire para que los corazones palpiten y les salga del centro una llamarada enorme, como esa que los bomberos intentaron apagar la otra noche del pecho de aquel sujeto que no paraba de mirarme desde el otro lado de la calle y que con  una manilla que algún despistado dejó guardada en una esquina, decidió romper su silencio y decirme todas esas cosas que yo ya había visto salir en forma de fuego de su pecho, lo más extraño de todo es que ese día era un jueves y medio.

martes, 24 de septiembre de 2013

La bomba y el paro

Todo era caos en la ciudad, los vecinos encendían las alarmas de sus casa, se escuchaban fuertes explosiones en la calle, la radio anunciaba que los militares estaban atentando contra los civiles, el gobierno de turno siguió con su ofensiva y militarizó cada esquina de la ciudad, se observaba como los tanques de guerra se posaban en las plazas y le lanzaban chorros de agua a los activistas que protestaban.

Entre tanto él, desde la terraza de su casa observaba lo que ocurría y pensó en idear un método para unirse a la marcha sin tener que salir de casa, pues al pertenecer al movimiento activista campesino su rostro andaba circulando por las calles de la ciudad en enormes vayas y carteles instalados por los servidores del poder militar.

Así fue como tomó algunos frascos y botellas vacíos que tenía guardados en casa y los transformó en bombas molotov  con la ayuda de la gasolina que logró extraer del auto de su padre sin pedir autorización. Lanzó la primara bomba y con ella incendió la parte delantera de uno de los tanques militares, lanzó la segunda bomba y la basura acumulada en la esquina de en frente ardió impidiendo el paso a una cuadrilla de uniformados, cuando se dispuso a lanzar la tercera bomba teniendo la vista fija en los militares, ese tic de bajar el brazo repentinamente hizo que fallara su puntería y que todo el contenido incendiario se volcara ardiendo en llamas sobre sí, quemando gran parte de su rostro y sus brazos.

En medio de la ansiedad y la desesperación por no saber qué hacer, si salir a la calle con su rostro desfigurado rumbo a un hospital donde le pedirían su documento de identificación y se percatarían al ver que el chico de la foto es el que la policía anda buscando para encarcelar, o quedarse con ese nuevo rostro sin darle vuelta a los hechos asumiendo su error y tratando de calmarse el dolor con remedios caseros.

Recordó en ese instante que faltaban sólo tres semanas para su graduación como actor, que en esa obra sería uno de los tres mosqueteros y que con su rostro incinerado no podría desempeñar el papel que por tanto tiempo había preparado; fue así como decidió lanzarse a las calles, corriendo de una esquina a otra ocultándose de los otros como podía. Se encontraba en medio de  una batalla campal y no sabía si unirse a los activistas o pedir auxilio en el hospital militarizado que había a dos calles de su casa.

Finalmente logró ingresar por la puerta de urgencias al hospital donde fue recibido por un par de enfermeras con escudos militares quienes no le pidieron identificación para atenderlo....

Cotinuará...

Tocar

Tocar una trompeta
tocar el sonido que de ella sale
tocar cada movimiento
tocar el amanecer y el crepúsculo
tocarte cuando me toco
tocarme cuando me tocas
tocar lo invisible
tocar los abismos del mundo
tocar una balada triste
tocar una canción tropical
tocar cada centímetro del mundo
tocar con las dos manos las estrellas
tocar, sin pensar, tocar porque sí
tocar y seguir tocando hasta perder las falanges
y si, tocar con lo que queda
tocar con los resquicios, con el alma
tocar con el propio aire
tocar lo que nos toque aquí y ahora
amanecer tocando el piso con las manos
anochecer tocando el cielo con los pies
tocar en un ritmo desafinado
tocar y perdernos entre toque y toque
tocar y descubrir que no queda más que eso
tocar, tocar y seguir tocando
tocar los puentes de la imaginación
tocar el día que decidiste buscarme
tocar la noche en que decidí esconderme
tocar esto y aquello, con las manos, los ojos y la nariz.

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Qué ignoro?

"Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa"
Las líneas de la mano - Julio Cortázar


Y me preguntas ahora eso, no ves acaso que esa pregunta es complicada de responder. Si miras esa línea que se extiende allá, mírala, está en frente tuyo, si buscas su secuencia no vas a poder encontrar su principio, ni su final; yo veo que viene de alguna parte, se observa que va bajando lentamente, es casi imperceptible su movimiento, pero cuando una de esas hojas que se caen de los árboles en este curioso otoño se posa sobre la línea, me doy cuanta que adquiere movimiento y eso me pone a pensar si será que cada vez  que miro a la línea realmente no la estoy mirando sinoq ue se está renovando momento a momento.

Una tarde me detuve a observarla, estaba ahí, parecía tan tranquila, se sentía como respiraba, sentía que ella y yo teníamos tantas cosas en común, como si hubiésemos tenido un mismo origen, como si el día en que ambas nacimos hubiese sido el mismo.

Hoy estamos otra vez frente a frente ella y yo, y tu vienes y me preguntas qué ignoro, no se que pude motivarte a plantear ese tipo de interrogantes, pero ahora te puedo decir que ignoro eso que va a pasar de ahora en adelante mientras la línea continúa, y sabes, eso me gusta y hasta lo disfruto, no hay nada más mágico que encontrarte por ahí con cosas desconocidas y dejarte sorprender por cada cosa nueva que vez por ahí.       

Un dedo que señala

Pude haber hecho uso de un lenguaje un poco menos dañoso, haber buscado que mis palabras no fueran flechas y que mi contendiente no hubiese usado en contra toda esa represión contra mí a través de la fuerza  física.

El ser humano se distingue del resto de la naturaleza según dicen esos señores que se hacen llamar científicos, por el uso de la razón antes que el instinto; no se si yo misma me lo busqué o si este tipo de cosas se dan así sin que nadie se las busque, sentir que tu brazo es detenido por una mano que no es tuya, que otra te señala, que una voz te grita y un par de ojos e abran con ganas de seguirte golpeando.

Nos hemos convertido en seres irracionales que para solucionar su problemas, prefieran tomar ala otro por la fuerza antes que consultarle el motivo de su actuar, individuos que dan órdenes al otro sin saber qué motivó a ese otro ser a actuar de determinada forma.

Ahora la herramienta elegida es un dedo incriminador del otro, un dedo que te señala, te dice "tu", te responsabiliza sin un juicio, te maltrata físicamente y te culpa de ello, y luego, cuando su pupila se encuentra un poco menos dilatada, opta por "disculparse" echándote la culpa de su actuación.

Frenemos este cochino mundo de falta de razón, respetemos al otro, no es necesario el maltrato físico para que las ideas puedan convivir en un mismo mundo, un mundo que fue construido no sólo para los seres humanos, que por cierto nos creemos los dueños y estamos acabando con él.        

viernes, 13 de septiembre de 2013

La espera en el ventanal

Cada noche abro una ventana, permanece abierta hasta que me vence el sueño, en ocasiones quiero que alguien se asome y me salude, en otras, prefiero cerrarla antes de que a alguien mas loco que yo le de por asomar sus narices.

La otra noche se abrió sola, fue tan extraño ver como se expandía la luz que salía de ella por una de las paredes de mi habitación que hasta tuve miedo de moverme de mi sitio, cuando decidí asomarme, ahí estabas, con esa enorme sonrisa queriendo saludarme, reaccioné quedándome medio inmobil.

El viento soplaba fuerte y la luna cada vez tenía más luz, me llamaste por mi nombre, y como yo no sabía cuál era el tuyo, preferí callar y saludarte con una sonrisa, esa noche me dijiste tantas cosas pegadito al borde de la ventana, que de no ser por ese viento inclemente que la cerró tendría memoria para relatar.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Menos claro no podía estar

Era  una noche tan oscura, más oscura que los ojos mismos de aquel sujeto que me miró desde su celda, en sus ojos a través de la oscuridad, logré descubrir el motivo de su encierro, de eso que lo tenía oculto de la luz aun cuando el sol se pudiera ver en el oriente cada mañana por tantos ojos, para él, todas las horas de la vida transcurrían en la noche.

Intenté hablarle, encontrar en su palabras alguna respuesta a eso que me mostraban sus ojos, pero su voz cada vez escondía más de lo que yo trataba de hurgar, pudo haber sido que el no confió en mi o que yo no supe discernir lo que se escondía en la oscuridad de su mirada, cuando de repente, escuché un rechinar de dientes, típico de los roedores que salen en medio de la noche  en búsqueda de algo para saciar sus estómagos repletos de aire, algo para olvidar los padeceres de su día a día, algo que les recuerde que no son eso que tantos seres humanos desprecian poniendo trampas en sus hogares para extinguirlos, manjares llenos de veneno para intoxicar sus estómagos; salen en la noche para que nadie los observe con repulsión, para sentir que vale la pena limpiar el sucio mundo de toda esa basura que cae de las mesas, que se va directo a una caja oscura y que si se fuera consciente, podría llegar a producir algún provecho para el planeta.

Resulta que este roedor pensante, en aquella noche donde la luna se negó a salir, dejarse iluminar por el lejano astro que brilla entre las montañas cada mañana, se contagió de un espíritu ya no tanto buscador de alimento en términos de queso y sobras de las mesas, sino uno revelador de verdades, verdades que se esconden bajo el manto de las nubes negras de noches sin luna.

Y si, el roedor rechinaba sus dientes y los hacía rechinara cada vez más fuerte contra los barrotes de la celda que tenía preso al sujeto de los ojos oscuros, yo pensaba, cómo podrían ocurrir estas cosas tan extrañas, cómo un ser tan repugnante podía estar buscando la salida a la luz de un sujeto extraño que escondía un sin fin de misterios en su mirada.

La celda se abrió, el roedor echó a correr entre los caños de la prisión, yo estaba tan estupefacta que ni pude alcanzarlo con la mirada, solo me quedé allí como una estatua, totalmente inmobil ante la escena de aquel sujeto sentado en un rincón de la celda, con su rostro apretado entre las rodillas, me pareció escuchar que susurraba una oración, un soneto falto de estética, su voz sonaba tan extraña a mis oídos que ni con el uso de la imaginación podía comprender lo que decía, fue entonces cuando sentí un silencio tan abrumador que me hizo comprender el misterio que se escondía en la mirada y los susurros de este hombre, pero ahora no se...tengo tanto miedo de revelarlo, siento que si lo hago, estaré violentando la misma esencia y el sentido de lo que el me quería mostrar y que no me quería dar a entender al mismo tiempo, pero que al final terminé comprendiendo en medio de esa noche tan oscura.          

martes, 10 de septiembre de 2013

Con la muerte no se juega

1

Martín encuentra una vieja pistola de su padre.
Invita a sus amigos a jugar ruleta rusa y enseña a ellos su descubrimiento.
Todos terminan muertos en el juego.


2

Un ilusionista realiza un número en el que su corazón se detiene.
Inicia su show sin contar con ayuda médica.
Se para su corazón y sufre un infarto.


3

Un hombre acostumbra a disparar sin municiones.
Toma su pistola,nos e percata que está cargada y dispara tres tiros.
Sus pequeños hijos están muertos en el patio.





El señor dela totuma

Y volvimos a encontrarnos, hacía tanto tiempo que no nos topábamos por ahí que ya estaba olvidando la forma que tenías tan única de acercarte a mi y sorprenderme con pequeños detalles.

El hecho de reencontrarnos me trajo a al mente todos esos recuerdos que vivieron escondidos en mi mente mientras tu te metías en el baúl de la abuela ocultándote de la vista de todos, empezando por la mía.

Volvimos a vernos y ahí estabas, inmobil, tan estupefacto, que temí romper ese silencio tuyo, no se si realmente estuvieras mirando hacia algún lugar en concreto o si simplemente hubieras tenido los ojos abiertos pero cerrados como en aquellas tardes en que nos recostábamos sobre el prado bajo la sombra de un guayacán amarillo que dejando caer sus flores nos hipnotizaba, a tal punto, que nos quedábamos mirando a todo y a ninguna parte, era como si nos transportáramos a una dimensión desconocida.

Seguiste con esa mirada perdida que me intranquilizaba, incluso llegué a pensar que te habías convertido en una estatua, en una de esas imagencitas que nuestra madre posaba sobre su repisa o colgaba de un clavo en su pared, recuerdo que su cuarto se parecía mucho a  una de esas tiendas donde venden artículos religiosos, con la diferencia que en dichos lugares no podías encontrar a "un señor dela totuma" como muy particularmente ella decidió bautizar a un crucifijo que ya no lo era y que había encontrado en una de sus caminatas por las veredas de nuestro pueblo en medio de una polvorienta carretera destapada.

  Te acuerdas cuando ella nos hizo arrodillar durante un largo rato frente al señor de la totuma, por habernos puesto a hacer pilatunas con esa prima pestañona que vivía en casa y que por poco se tira al río en una de esas furias que le daban cuando no quería hacer lo que se le encomendaba. Aun me parece mentira que ella y yo habiendo nacido con un día de diferencia, y siendo criadas en un mismo hogar y en una misma escuela  fuéramos tan distintas; ella siempre con ese gusto por salir a correr por las calles y besar chicos a escondidas, mientras yo me quedaba en casa menospreciando sus invitaciones porque un libro me esperaba en uno de los estantes de mis hermanas mayores.

Así transcurrió nuestra infancia, entre juegos, castigos sobre las rodillas y libros que querían ser leídos, de la casa en que vivíamos solo quedan un par de paredes y el señor de la totuma que no se pudo ir ya que no tenía pies con qué caminar.


sábado, 7 de septiembre de 2013

Para Laurita

"Quiero usar la palabra tertulia"
Clarise Linspector (Los restos del carnaval)

Tertulia, eso era lo que acostumbraba a hacer cuando me reunía con ella, el motivo de nuestros encuentros siempre giraba en torno a una tertulia pendiente, algo que faltaba por conversar o tal vez a la vana costumbre de reunirnos para estar allí.

Ella, aquella tarde decidió salir de casa con un par de zapatos rojos y unas medias tipo can-can, cuando la vimos, todos quedamos atónitos, lucía realmente guapa con ese atuendo de rodillas para abajo, pues de rodillas para arriba, seguía siendo esa chica loca que nos hacía reír con los comentarios sobre la vida de algún familiar suyo, con el invento del atotoi, que según cuenta, se trata de una suerte discusión visantina en tiempos modernos, una discusión sin sentido alguno, que termina por hacerle perder tiempo a todo el mundo. Cada rato me decía que dejara de ser atotoicera, al principio me causaba mucha risa escucharla decir esa palabra, luego, fui comprendiendo su significado, hasta que terminé por incorporarla en mi vocabulario habitual de tertulia.

Aquella chica con medias de cancan, después de haber protagonizado el atotoi más grande de la historia, porque había olvidado hacia que lado de la calle carabobo quedaba el "salón málaga", llegó al lugar, donde el resto de sus amigos la esperábamos para compartir una tarde de tertulias acompañados con musicas del sur con sabor a bandoneón y una ronda de café cultivado en las montañas de nuestra tierra. En ese bar que tenía un olor entre abuelo que cuenta historias posandote en sus rodillas y recuerdos de una ciudad sobre la que nunca caminaste, pero que la fotografías de la pared del fondo te hacen caer en la cuenta que se trata de la ciudad en la que viviste tus años locos de juventud, esta vez con cara de pueblo hace más de 100 años.

La tertulia que tuvimos aquella tarde hablaba de viajes, tesis de grado y hasta de una exposición de arte contemporáneo próxima a estrenarse. Al salir del lugar, uno de sus habituales visitantes se despidió de mi querida amiga gritándole "adiós pequeño pony" todos reimos mucho, y gracias a eso laurita siguió siendo nuestra mascota oficial : el pequeño pony.




viernes, 12 de julio de 2013

Manos al cielo

Esa mano que se ve allí, escondida, tratando de ocultarse en la estrella más lejana del firmamento, quiere hacerse pasar por aquello que no es, salta de arriba abajo, luego de abajo hacia arriba.

De repente sale una luz, la mano se ha convertido en una enorme estrella, quiere atrapar entre sus dedos una constelación pequeñita que se esconde tras la luna, comienza la búsqueda, allí tras la luna, con toda esa oscuridad comienza a zambullirse entre los gases tóxicos, tose, se estremece, respira agitada, tiene llenos los ojos de ácido, ahora no puede ver nada.

Sigue si andar torpe, se choca contra los destellos que dejó la explosión causada por una de esas manos de mimo, esas que quieren imitar a todo el mundo, esas manos que no tienen vida propia y que terminan por suicidarse con un estrepitoso choque contra alguna roca espacial.

Al fin logra salir de ese montón de escombros que le impedían el paso, se escucha un zumbido, ella se pregunta qué pudo haber sido, pero el zumbido ya no está, sigue caminando sigilosamente, cabalga uno de esos cúmulos de gas carbónico en forma de caballo y continua más rápido el viaje.

Y ahí está, aunque no puede ver nada, ya tiene los párpados rotos a causa de la tormenta de sol que invadió su camino, los ojos siguen echando fuego, busca la forma de sanarlos, pero sus falanges se han fracturado, y cada vez que intenta señalarle al caballo el rumbo por el que deben continuar, sus dedos se vuelven más y más torpes, no logra siquiera dar la más mínima señal, no puede darse a entender.

El humo en que se ha transformado su fiel amigo se está disolviendo, todo es símbolo de la llegada al lugar más oculto de todos, la pequeña y herida mano desmonta poco a poco su cabalgadura y baja al “piso” si es que puede llamársele piso a una tonelada de rocas blandengues en las que se estaciona casualmente.

De repente, después de posar uno a uno sus dedos, intenta abrir los ojos, pero no puede, ha olvidado que sus párpados yo no existen y se encuentra allí en ese lugar tantas veces soñado, se siente impotente de no poder ver lo que tantas veces imaginó, hasta que por efecto de una de esas sustancias volátiles que sólo pueden encontrarse durante un viaje espacial sus ojos recobran la vista, esta mano, en medio de la alegría que le invade suelta una bocanada de fuego desde el centro de su carpo, abre cada uno de sus dedos, pero no, todo ha sido efecto del cansancio, sólo sigue apoyada en ese viejo escritorio empolvado.           



Pajaropatitas callejeras

Anoche, mientras entreparpadeaba me topé con una enmelocotadura entre las pestañas, se meneaba de un lado a otro, hacía que se enturbiara mi mirada tratando de acualivianarla con un par de gotas de ese espumalíquido que encontré en el encobilador de ojos.

Corrí tan encabritadamente que olvidé los surumbelos que colgaban del alambre donde te habías circulomecido con tus pajaropatitas pegadas de allí, como se pegan las recoerterevistas en los infantocuadernos de los escolares.

En el camino, resulta que aparecieron saltorepentinamente un cuadrante de recuerdos de esas pajaropatitas que me mostraste la otra noche mientras jugabamos a rotoflexiparar por las esquinas de la ciudad.

Rompimiento

Hoy es uno de esos días especiales, especial para querer cortar todo tipo de cuerdas, lazos y ataduras de esas que no te dejan avanzar; es un día óptimo para terminar con esa rutina que por poco te corroe.

Es hora de pensar en darle fin a todo esto, llegar a un punto donde todo se vea con otros ojos, iniciar otra carrera, tomar otro camino, cambiar los rumbos preestablecidos, salir saltando en lugar de correr, estar despierto a la hora de dormir, y mientras la gente común está despierta realizando labores capitalistas y burocráticas, recostar tu cabeza sobre la almohada y olvidar que ne el mundo exterior existen personas que ya no lo son, que se han convertido en máquinas obedientes al sistema de mercado que les impone una actitud a asumir, un modo de vestir, de caminar, de peinarse, y lo peor de todo, que les cambia el modo de pensar por una sistematización continua de vocablo que obedecen a su dios dinero.

Sentimientos, creo que nos e que es eso, cuando le preguntas a alguien que siente te mira como si estuvieras loco porque no comprende eso por lo que preguntas.

lunes, 8 de julio de 2013

Una jugada del destino*


Era una noche de domingo, de esas en que solo dan ganas de estar frente a un proyector de imágenes cinematográficas fáciles de digerir. Yo estaba ahí tirada en la cama con las cobijas enrolladas entre las rodillas y con el cabello lleno de nudos porque no me quise bañar, seguí durmiendo como hasta la una de la tarde, quise levantarme de la cama, lo confieso, pero… una oleada de cansancio me invadió, creo que fue por esa caminata que tuve que dar ayer a causa del olvido de mi monedera. Ya el sol se había ocultado y yo seguía en medio de mi letargo hasta estaba soñando con que un. De repente sonó el timbre.

Ese domingo tuve que ir a trabajar, había muchos comensales que atender en el restaurant de mi abuelo, una mujer dejó caer sus anteojos sobre la sopa de quinua, un mesero volcó toda su bandeja sobre la pareja que estaba de aniversario destruyendo el peinado cuidadosamente elaborado de la mujer. Recibí un par de propinas extras a las convencionales, se ensució otra vez mi delantal de esa salsa con moras que preparan en la cocina para los postres del domingo, por fin le pagué lo que le debía a la bachera con el dinero que muy gentilmente me prestó el chef del lugar. Al fin regresé a mi departamento y me disponía a. De repente sonó el timbre.

La pequeña mano presionó todos los botones de la entrada de aquel viejo edificio, todos a la vez, el timbre retumbó en cada uno de los departamentos mientras el joven corría. Se sucedían uno a uno los timbres como los brazos de los amantes del futbol cuando alguien en el fondo grita “olaaaaa”. Los habitantes del edificio uno a uno iban respondiendo el citófono, hasta que ocurrió un extraño suceso, cuando los demás ya se habían cansado de esperar para oír su nombre pronunciado hacia su auricular desde el pórtico o habían entendido que no se trataba más que de una pilatuna, dos voces taciturnas, casi mudas, levantaron instantáneamente sus bocinas.

De un lado, estaba ella, la que no se peinó y del otro quién mas podría estar sino él, el del delantal manchado, jamás se habían hablado, ni siquiera se cruzaron incidentalmente en el ascensor o las escaleras, pero esa noche la mano de ese pequeño amigo del destino quiso que se conocieran. El dijo – Quién está ahí? , ella dijo –lo mismo pregunto yo, no esperaba a nadie a esta hora y mucho menos siendo domingo, ya es muy tarde… el repuso –tarde para qué, para tocar un timbre acaso?, -esa es una gran posibilidad, dijo ella. 

Al ver que la discusión se tornaba hostil, ella optó por no lanzar la bocina y en lugar de ello, intentar apaciguar los ánimos, -tienes algún problema? le preguntó al joven –Si tengo muchos, dijo el, tengo mi departamento infestado de un olor a café quemado que no quisieras sentir en tu nariz, -pero cómo puedes sentir el olor de tu departamento si estás parado en la calle tocando el timbre del mio? Dijo ella; él se sorprendió al escuchar esas palabras, pues evidentemente no se encontraba en la calle sino al interior de su departamento, entonces descubrió que se habían cruzado los citófonos y ahora estaba hablando con alguna de sus vecinas, quien, por cierto, tenía una voz muy bella que le generaba una emoción particular que pocas veces había experimentado en su vida. 

Ella, por su parte, continuaba sin entender lo que ocurría. Entonces le preguntó al chico si necesitaba asistencia de algún tipo para solucionar los problemas de su departamento, pues imaginó que tal vez había olvidado la llave adentro y la cafetera encendida, lo cual sería una verdadera desgracia, pues ella amaba el café y no soportaba el sacrificio de una sola gota.-no,no, gracias… -continuó él con la finalidad de aclarar la situación –vivo en el apartamento 701. Ya logré apagar la cafetera porque estoy hablándote desde el citófono ubicado en mi cocina, y noto que somos compañeros de edificio.

-ah? No tocaste mi timbre? Preguntó ella con voz entristecida, porque en el fondo aspiraba a ver los ojos de aquel chico que se encontraba del otro lado, cuya apariencia ya había comenzado a imaginarse.

-no, yo no lo presioné, pero podría hacerlo día tras día solo para escuchar nuevamente tu voz.

Ella, con el corazón exaltado, solo atinó a balbucear: ¿cómo puede ser posible que, viviendo en el mismo edificio no nos hubiéramos descubierto antes? ¿cómo pudo haber pasado esto? ¿qué mano misteriosa del destino acciona los mecanismos que permiten que dos personas tan desconocidas como cercanas se encuentren?

Pero él ya no alcanzó a escuchar estos interrogantes, pues había emprendido una carrera frenética por la escalera cuya finalidad no era otra que descubrir cuál era la luz que se encendía para indicar el número de departamento desde el que la chica hablaba. Sin embargo, al llegar a la caja de timbres todas las luces permanecían apagadas. Dijo:

-¿Sigues ahí?. Pero la chica ya no respondió.

Repentinamente, la puerta de entrada del edificio se abrió, y salió una mujer con una enorme nariz y un lunar peludo en medio de las cejas, que lo saludó con voz de ultratumba, una voz fea pero tranquilizadora, ya que no correspondía a la de la chica. Él siguió esperando a que se encendiera alguna lucecita que trajera consigo la voz de ella, hasta que unos torpes pasos que bajaban a toda prisa por la escalera interrumpieron su espera. 

Se escuchó un estruendo. Cuando él miró hacia adentro, había una hermosa chica tirada en el piso con los ojos llenos de lágrimas, y la mano en una de sus piernas. Él entró presuroso, le tendió su mano y le preguntó si estaba bien. Ella se secó las lágrimas y le dijo: ¿eres tú? ¿el del 701? Salí de mi departamento, me acerqué al tuyo y como dejaste la puerta abierta, te llamé infructuosamente pero nadie me contestó. De modo que bajé las escaleras a toda marcha esperando encontrarte, Aquí. Pero mira lo que ha ocurrido, me duele mucho mi pierna. Entonces él la tomó en sus brazos y la llevó a la sala de su departamento, que aún olía a café.

A partir de ese domingo, un joven presiona el timbre de un departamento ubicado en un viejo edificio del centro, y comenzaba a desarrollarse una conversación bizarra repleta de meloserías y voces temblorosas de amor.


* Escrito a cuatro manos.

miércoles, 3 de julio de 2013

Historias inusuales que ocurren en los ascensores III

INTERIOR. ASCENSOR DE EDIFICIO ANTIGUO. TARDE.

(Dos chicas deben subir al "segundo piso" a tomar el café de la tarde)

CHICA 1: Mira el ascensor, deberíamos aprovechar que no hay nadie y ahórranos la fatiga de subir ese montón de escalas.
CHICA 2: (emocionada) Yo siempre quise subirme en este ascensor.

(aprovechan que la puerta del ascensor se encuentra abierta e ingresan a su interior, una de ellas comienza a mirarse en el enorme espejo que tiene de fondo, mientras la otra oprime el botón para el piso dos, la puerta se cierra. El ascensor comienza su ruta, se mueve, se siente que sube, sube, sube y sube y nada que se detiene, hasta que finalmente se detiene, la puerta se abre y en lugar de encontrar un piso lleno de mesas con personas tomando el café de la tarde, se hayan en medio de una buhardilla abandonada, llena de objetos tenebrosos, la CHICA 1 sale, mientras que la CHICA 2 permanece en el interior del ascensor, entretanto, la puerta comienza a cerrarse)

CHICA 2: (asustada, con un tono pálido en su rostro. Grita) vuelve rápido, entra!
CHICA 1: (con la pupila dilatada y con voz temblorosa) no dejes que se cierre la puerta!

(la CHICA 2 sostiene la puerta del ascensor con su cuerpo, mientras que la CHICA 1 se apresura a ingresar, al final las dos logran estar dentro antes de que se cierre la puerta. La puerta se cierra, la CHICA 1 oprime el botón para el piso uno, el ascensor comienza a bajar, se detiene en el piso marcado como "uno", la puerta se abre e inmediatamente se encuentran en el segundo piso donde hay mesas dispuestas para el café de la tarde y todos sus compañeros se encuentran ahí departiendo, las dos chicas se bajan del ascensor bastante agitadas)

CHICA 2: de esto no le podemos contar a nadie porque pasamos por locas.
CHICA 1: (con risa nerviosa) este será nuestro secreto y yo a ese ascensor no me vuelvo a subir.

(salen caminando por el pasillo como si nada hubiera pasado)

Historias inusuales que ocurren en los ascensores II

INTERIOR. ASCENSOR DE EDIFICIO DE APARTAMENTOS NOCHE

(Ella llega cansada de trabajar, entra con su bicicleta en el ascensor del viejo edificio donde tiene su departamento, un sujeto se sube al ascensor)

EL: Buenas noches.
ELLA: (Mirando el panel de los botones y oprimiendo el numero 10) A qué piso va?
EL: Siete por favor.

(el se detiene, la observa con detenimiento, mientras que ella mantiene los ojos fijos en el tablero, pasan algunos segundos)

EL: Viviste alguna vez en cerca del barrio Alvear?
ELLA: El Alvear, claro, allí pasé mis años de colegial...pero...¿usted por qué sabe eso?(lo mira a EL con intriga)
EL: Yo soy Joaquin.

(El ascensor se detiene en el piso siete)

ELLA: Joaquin qué, ¿cual es tu apellido?

(Las puertas del ascensor se abren, EL sale del ascensor)

EL: Joaquin Rodriguez

(Las puertas del ascensor se cierran)

ELLA: (grita estirando el brazo) No!



sábado, 29 de junio de 2013

Perdida en el tiempo

Cuando van siendo las dos o tres de la mañana, ella, considera que va siendo hora de irse a la cama, pero se detiene, más por vicio que por necesidad a mirar qué hora es, trata de guardar el dato con el fin de tenerlo como punto de partida para contar las horas de sueño al día siguiente,

Esta chica, con sus extrañas costumbres, empieza por apagar la música que la acompaña noche a noche, cierra ese libro gordo que reposa en sus piernas, ese que lleva leyendo hace un par de meses del que a lo sumo logra comprender un tercio de lo escrito, guarda todos esos papelitos con  apuntes y tareas pendientes que tiene regados entre la mesa de noche, su escritorio, el piso y la cama, busca una camisa para dormir y se olvida de la hora que había mirado instantes antes.

A esa altura de la noche, empieza a preguntarse por las tareas pendientes, y claro, el tiempo empieza a diluirse, a esconderse de su comprensión, y resulta que cuando dice hoy, entonces ya no es hoy sino ayer, pero cuando dice ayer, resulta que no es ayer sino anteayer, y si piensa en mañana, es peor, porque "mañana es hoy" y hoy es mañana, y si hoy es mañana, mañana es pasado mañana.

Entonces es cuando siente que se ha perdido en el tiempo, que ya no sabe en qué momento determinado se encuentra, y todos los planes que tenía para mañana se le confunden, como ocurre también con esos recuerdos de lo vivido ayer, es allí cuando entre tanta preocupación mezclada con cansancio acumulado, cae dormida y sueña, sueña que es un reloj de pulso en la mano de nadie, pero que se encuentra marcando la hora exacta en algún lugar del universo, el misterio aquí es indagar quién ve la hora que marca como ayer, hoy o mañana. Un dilema total.