"Quiero usar la palabra tertulia"
Clarise Linspector (Los restos del carnaval)
Tertulia, eso era lo que acostumbraba a hacer cuando me reunía con ella, el motivo de nuestros encuentros siempre giraba en torno a una tertulia pendiente, algo que faltaba por conversar o tal vez a la vana costumbre de reunirnos para estar allí.
Ella, aquella tarde decidió salir de casa con un par de zapatos rojos y unas medias tipo can-can, cuando la vimos, todos quedamos atónitos, lucía realmente guapa con ese atuendo de rodillas para abajo, pues de rodillas para arriba, seguía siendo esa chica loca que nos hacía reír con los comentarios sobre la vida de algún familiar suyo, con el invento del atotoi, que según cuenta, se trata de una suerte discusión visantina en tiempos modernos, una discusión sin sentido alguno, que termina por hacerle perder tiempo a todo el mundo. Cada rato me decía que dejara de ser atotoicera, al principio me causaba mucha risa escucharla decir esa palabra, luego, fui comprendiendo su significado, hasta que terminé por incorporarla en mi vocabulario habitual de tertulia.
Aquella chica con medias de cancan, después de haber protagonizado el atotoi más grande de la historia, porque había olvidado hacia que lado de la calle carabobo quedaba el "salón málaga", llegó al lugar, donde el resto de sus amigos la esperábamos para compartir una tarde de tertulias acompañados con musicas del sur con sabor a bandoneón y una ronda de café cultivado en las montañas de nuestra tierra. En ese bar que tenía un olor entre abuelo que cuenta historias posandote en sus rodillas y recuerdos de una ciudad sobre la que nunca caminaste, pero que la fotografías de la pared del fondo te hacen caer en la cuenta que se trata de la ciudad en la que viviste tus años locos de juventud, esta vez con cara de pueblo hace más de 100 años.
La tertulia que tuvimos aquella tarde hablaba de viajes, tesis de grado y hasta de una exposición de arte contemporáneo próxima a estrenarse. Al salir del lugar, uno de sus habituales visitantes se despidió de mi querida amiga gritándole "adiós pequeño pony" todos reimos mucho, y gracias a eso laurita siguió siendo nuestra mascota oficial : el pequeño pony.
Aquella chica con medias de cancan, después de haber protagonizado el atotoi más grande de la historia, porque había olvidado hacia que lado de la calle carabobo quedaba el "salón málaga", llegó al lugar, donde el resto de sus amigos la esperábamos para compartir una tarde de tertulias acompañados con musicas del sur con sabor a bandoneón y una ronda de café cultivado en las montañas de nuestra tierra. En ese bar que tenía un olor entre abuelo que cuenta historias posandote en sus rodillas y recuerdos de una ciudad sobre la que nunca caminaste, pero que la fotografías de la pared del fondo te hacen caer en la cuenta que se trata de la ciudad en la que viviste tus años locos de juventud, esta vez con cara de pueblo hace más de 100 años.
La tertulia que tuvimos aquella tarde hablaba de viajes, tesis de grado y hasta de una exposición de arte contemporáneo próxima a estrenarse. Al salir del lugar, uno de sus habituales visitantes se despidió de mi querida amiga gritándole "adiós pequeño pony" todos reimos mucho, y gracias a eso laurita siguió siendo nuestra mascota oficial : el pequeño pony.
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