viernes, 12 de julio de 2013

Manos al cielo

Esa mano que se ve allí, escondida, tratando de ocultarse en la estrella más lejana del firmamento, quiere hacerse pasar por aquello que no es, salta de arriba abajo, luego de abajo hacia arriba.

De repente sale una luz, la mano se ha convertido en una enorme estrella, quiere atrapar entre sus dedos una constelación pequeñita que se esconde tras la luna, comienza la búsqueda, allí tras la luna, con toda esa oscuridad comienza a zambullirse entre los gases tóxicos, tose, se estremece, respira agitada, tiene llenos los ojos de ácido, ahora no puede ver nada.

Sigue si andar torpe, se choca contra los destellos que dejó la explosión causada por una de esas manos de mimo, esas que quieren imitar a todo el mundo, esas manos que no tienen vida propia y que terminan por suicidarse con un estrepitoso choque contra alguna roca espacial.

Al fin logra salir de ese montón de escombros que le impedían el paso, se escucha un zumbido, ella se pregunta qué pudo haber sido, pero el zumbido ya no está, sigue caminando sigilosamente, cabalga uno de esos cúmulos de gas carbónico en forma de caballo y continua más rápido el viaje.

Y ahí está, aunque no puede ver nada, ya tiene los párpados rotos a causa de la tormenta de sol que invadió su camino, los ojos siguen echando fuego, busca la forma de sanarlos, pero sus falanges se han fracturado, y cada vez que intenta señalarle al caballo el rumbo por el que deben continuar, sus dedos se vuelven más y más torpes, no logra siquiera dar la más mínima señal, no puede darse a entender.

El humo en que se ha transformado su fiel amigo se está disolviendo, todo es símbolo de la llegada al lugar más oculto de todos, la pequeña y herida mano desmonta poco a poco su cabalgadura y baja al “piso” si es que puede llamársele piso a una tonelada de rocas blandengues en las que se estaciona casualmente.

De repente, después de posar uno a uno sus dedos, intenta abrir los ojos, pero no puede, ha olvidado que sus párpados yo no existen y se encuentra allí en ese lugar tantas veces soñado, se siente impotente de no poder ver lo que tantas veces imaginó, hasta que por efecto de una de esas sustancias volátiles que sólo pueden encontrarse durante un viaje espacial sus ojos recobran la vista, esta mano, en medio de la alegría que le invade suelta una bocanada de fuego desde el centro de su carpo, abre cada uno de sus dedos, pero no, todo ha sido efecto del cansancio, sólo sigue apoyada en ese viejo escritorio empolvado.           



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