O sobre el insomnio
Me acuesto y me levanto, todo funciona al son del mismo vaivén, cada vez que entro a la cama no puedo conciliar el sueño porque tengo los pies helados, trato de solucionarlo con un par de medias afelpadas pero no son suficientes, también intenté con agua caliente, con envoltura de papel y con rose entre ellas pero sigue sin funcionar.
Tuve que levantarme de la cama y realizar otra actividad poniendo el cuerpo en movimiento, empecé con un par de posturas de yoga, eso que practica la gente para relajar el cuerpo y dejar que la mente se aliviane, pero no anduvo, así que opté por un té bien caliente que parecía funcionar hasta que descubrí que no iba mas allá de mi sistema urinario, mas tarde me di un baño con agua caliente pero mas tardé en secarme que mis pies en congelarse de nuevo.
Así que entre un remedio y otro, recetas, ungüentos, rezos y pataletas, tomé la decisión de ignorar la hipotermia, para en lugar de ello, ocuparme del insomnio, tarea que resultó mayor o igual de infructuosa que la anterior, no me dedicaré a enlistar todo aquello que probé para deshacerme de el sin obtener resultado alguno.
Y aquí estoy, sentada cual fantasma, con una bata azul, con el pelo mojado, con un par de ojeras visibles a cien metros de distancia, con los dedos de los pies morados por el frío, con un terrible aliento a te tranquilizante, apretando teclas en medio de la noche y despertando a los vecinos con mi costumbre de chocarme con todo lo que se cruza con mis pies por ahí y dejar que todo se deslice de mis manos hacia el piso lenta e imperceptiblemente terminando con un terrible catablum.