Era una noche de domingo, de esas en que solo dan ganas de estar frente a un proyector de imágenes cinematográficas fáciles de digerir. Yo estaba ahí tirada en la cama con las cobijas enrolladas entre las rodillas y con el cabello lleno de nudos porque no me quise bañar, seguí durmiendo como hasta la una de la tarde, quise levantarme de la cama, lo confieso, pero… una oleada de cansancio me invadió, creo que fue por esa caminata que tuve que dar ayer a causa del olvido de mi monedera. Ya el sol se había ocultado y yo seguía en medio de mi letargo hasta estaba soñando con que un. De repente sonó el timbre.
Ese domingo tuve que ir a trabajar, había muchos comensales que atender en el restaurant de mi abuelo, una mujer dejó caer sus anteojos sobre la sopa de quinua, un mesero volcó toda su bandeja sobre la pareja que estaba de aniversario destruyendo el peinado cuidadosamente elaborado de la mujer. Recibí un par de propinas extras a las convencionales, se ensució otra vez mi delantal de esa salsa con moras que preparan en la cocina para los postres del domingo, por fin le pagué lo que le debía a la bachera con el dinero que muy gentilmente me prestó el chef del lugar. Al fin regresé a mi departamento y me disponía a. De repente sonó el timbre.
La pequeña mano presionó todos los botones de la entrada de aquel viejo edificio, todos a la vez, el timbre retumbó en cada uno de los departamentos mientras el joven corría. Se sucedían uno a uno los timbres como los brazos de los amantes del futbol cuando alguien en el fondo grita “olaaaaa”. Los habitantes del edificio uno a uno iban respondiendo el citófono, hasta que ocurrió un extraño suceso, cuando los demás ya se habían cansado de esperar para oír su nombre pronunciado hacia su auricular desde el pórtico o habían entendido que no se trataba más que de una pilatuna, dos voces taciturnas, casi mudas, levantaron instantáneamente sus bocinas.
De un lado, estaba ella, la que no se peinó y del otro quién mas podría estar sino él, el del delantal manchado, jamás se habían hablado, ni siquiera se cruzaron incidentalmente en el ascensor o las escaleras, pero esa noche la mano de ese pequeño amigo del destino quiso que se conocieran. El dijo – Quién está ahí? , ella dijo –lo mismo pregunto yo, no esperaba a nadie a esta hora y mucho menos siendo domingo, ya es muy tarde… el repuso –tarde para qué, para tocar un timbre acaso?, -esa es una gran posibilidad, dijo ella.
Al ver que la discusión se tornaba hostil, ella optó por no lanzar la bocina y en lugar de ello, intentar apaciguar los ánimos, -tienes algún problema? le preguntó al joven –Si tengo muchos, dijo el, tengo mi departamento infestado de un olor a café quemado que no quisieras sentir en tu nariz, -pero cómo puedes sentir el olor de tu departamento si estás parado en la calle tocando el timbre del mio? Dijo ella; él se sorprendió al escuchar esas palabras, pues evidentemente no se encontraba en la calle sino al interior de su departamento, entonces descubrió que se habían cruzado los citófonos y ahora estaba hablando con alguna de sus vecinas, quien, por cierto, tenía una voz muy bella que le generaba una emoción particular que pocas veces había experimentado en su vida.
Ella, por su parte, continuaba sin entender lo que ocurría. Entonces le preguntó al chico si necesitaba asistencia de algún tipo para solucionar los problemas de su departamento, pues imaginó que tal vez había olvidado la llave adentro y la cafetera encendida, lo cual sería una verdadera desgracia, pues ella amaba el café y no soportaba el sacrificio de una sola gota.-no,no, gracias… -continuó él con la finalidad de aclarar la situación –vivo en el apartamento 701. Ya logré apagar la cafetera porque estoy hablándote desde el citófono ubicado en mi cocina, y noto que somos compañeros de edificio.
-ah? No tocaste mi timbre? Preguntó ella con voz entristecida, porque en el fondo aspiraba a ver los ojos de aquel chico que se encontraba del otro lado, cuya apariencia ya había comenzado a imaginarse.
-no, yo no lo presioné, pero podría hacerlo día tras día solo para escuchar nuevamente tu voz.
Ella, con el corazón exaltado, solo atinó a balbucear: ¿cómo puede ser posible que, viviendo en el mismo edificio no nos hubiéramos descubierto antes? ¿cómo pudo haber pasado esto? ¿qué mano misteriosa del destino acciona los mecanismos que permiten que dos personas tan desconocidas como cercanas se encuentren?
Pero él ya no alcanzó a escuchar estos interrogantes, pues había emprendido una carrera frenética por la escalera cuya finalidad no era otra que descubrir cuál era la luz que se encendía para indicar el número de departamento desde el que la chica hablaba. Sin embargo, al llegar a la caja de timbres todas las luces permanecían apagadas. Dijo:
-¿Sigues ahí?. Pero la chica ya no respondió.
Repentinamente, la puerta de entrada del edificio se abrió, y salió una mujer con una enorme nariz y un lunar peludo en medio de las cejas, que lo saludó con voz de ultratumba, una voz fea pero tranquilizadora, ya que no correspondía a la de la chica. Él siguió esperando a que se encendiera alguna lucecita que trajera consigo la voz de ella, hasta que unos torpes pasos que bajaban a toda prisa por la escalera interrumpieron su espera.
Se escuchó un estruendo. Cuando él miró hacia adentro, había una hermosa chica tirada en el piso con los ojos llenos de lágrimas, y la mano en una de sus piernas. Él entró presuroso, le tendió su mano y le preguntó si estaba bien. Ella se secó las lágrimas y le dijo: ¿eres tú? ¿el del 701? Salí de mi departamento, me acerqué al tuyo y como dejaste la puerta abierta, te llamé infructuosamente pero nadie me contestó. De modo que bajé las escaleras a toda marcha esperando encontrarte, Aquí. Pero mira lo que ha ocurrido, me duele mucho mi pierna. Entonces él la tomó en sus brazos y la llevó a la sala de su departamento, que aún olía a café.
A partir de ese domingo, un joven presiona el timbre de un departamento ubicado en un viejo edificio del centro, y comenzaba a desarrollarse una conversación bizarra repleta de meloserías y voces temblorosas de amor.
* Escrito a cuatro manos.
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