sábado, 16 de noviembre de 2013

Textoteca: Caminante no hay camino, verso a verso, golpe a golpe.

Todo encuentro casual es una cita en el número siete de la calle melancolía, donde un sapo cayó en un pozo y sus tripas hicieron pan, algunos dicen que es mentira, mentira la verdad, yo creo que cayó en el secreto aljibe, allá, al lado del camino donde hoy los bosques se visten de espino, por donde se escucha la voz de un poeta gritar mientras todo pasa y todo queda.

De la vereda de enfrente ella lo miraba, sosteniendo el puente de un solo lado, ese mismo que se quebró y dos pequeños que pasaban intentaron curarlo con cascaras de huevo, ese puente que servía para cruzar el mar y plancharse en francés al derecho y al revés, desde donde se veía una luz reflejada en el agua, algunos decían que eran los fuegos fatuos, otros decían que eran esos que andan hechos polvo por el campo, yo en cambio pensaba que eran las golondrinas que algún cronopio dibujó en el caparazón de una pequeña tortuga para que algún día volvieran a anidar debajo de tu balcón.

El la miraba de cerca, como quien quiere jugar al cíclope, mientras ella se le acercaba sonriendo cual si fuese la primavera cuando pasa ligera, el tiempo se relativizó, y no existía un aquí ni un ahora, se perdieron entre el presente, el pasado, y lo que será, soñaron con una mujer que flotaba por el aire entre sábanas almidonadas, una calle donde llovían mariposas amarillas, un hombre que afirmaba que la tierra era redonda como una naranja, pero se despertaron, y ahí estaban abrazados durante solamente una fracción de segundo, escondidos bajo una tormenta de nieve que duró quince minutos que parecían tres horas.

Llovía sobre mojado, tanto, que la luz se escapaba como chorros de agua por los ventanales de la cabaña mas cercana, ella se quedó quieta como un bichito, en tanto que el la buscaba perdido entre sueños llamándola por su verdadero nombre y eso que aún no la conocía, sólo sabía que la llamaban "ojos de perro azul", a él, se le confundían con los de un lobo estepario que se escondía cada noche a escribir poemas desde una buhardilla mientras una pequeña comía chocolatinas.  

En uno de esos sueños una serpiente trató de tragárselo, estaba tan loca, tanto que se envenenó con una paloma, él, que no era el más listo de la manada salió saltando tan alto y de prisa que perdió el sombrero y rasgó la camisa, ella que era la misma pequeña que comía cholatinas intentaba explicarle las cosas a un ciego con un piano, cuando se escuchó un terrible estruendo, sonó como un rayo que dejo a alguien estaqueado en medio del patio.

Como buena compañera de la lluvia, ella salió a socorrer al herido, pero ya era tarde, sólo quedaba el rastro de la sangre de aquel hombre en la nieve, que escribía en letra menuda los versos que cubren al poeta peregrino lejos del hogar en algún país vecino donde no hay perdón ni olvido.





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