miércoles, 23 de octubre de 2013

Pies húmedos

La otra tarde estaba por ahí caminando sobre las calles de Rosario, esa ciudad que al fin me mostró la primavera con todos sus colores y con las sonrisas de la gente por todas partes, esas que se van reflejando en las aguas del Paraná, ese enorme río en el que vi por primera vez reflejada la luna roja durante un crepúsculo inolvidable.

Mientras caminaba por la orilla todo el paisaje fue cambiando, ese río que durante tantos meses había ido a visitar sólo para verlo correr y menearse como un niño que juega en su bañera con un par de patitos amarillos que pitan y con unos cuantos barquitos con motor a propulsión.

Ese río fue acercándose a mi casi imperceptiblemente, hasta parecía que me estaba guiñando el ojo, y fue allí donde se me ocurrió la idea de recolectar las botellas de vino que los bohemios dejan olvidadas en la noche cerca de la orilla, y llenarlas de palabras, de sonrisas y hasta de un par de murmullos, para que algún pescador desprevenido entre los ríos y los mares reciba el día menos imaginado un mensaje transportado por el oleaje de este río loco y de sus peces con dientes que le cantan serenatas al oído a la luna, colándose por los orificios de una botella mal tapada y así, en medio del lejano mar ya el pescador no leerá mis versos sino esos que entonan las aguas y sus criaturas cuando las noches de luna roja se confunden con el amanecer.

Entre una botella y otra, entre ese paso de los peces y el río, por entre ellas, comencé a sentir algo que acariciaba las plantas de mis píes,que lenta, suave y tibiamente se iba acercando a mis rodillas y que al observar bajando mi rostro, no era más que el río saludándome, dándome la bienvenida a sus aguas y mostrándome la primavera.      

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