"El gallinazo y el gual
se fueron pa' Palo Seco
el gallinazo iba culeco
y el gual iba peinado
A donde vas gallinazo
con ese cabo de vela?
yo vengo del otro lado
de velar a filomena"
Esa canción nos la cantaba mi papá -Juanero, el viejo perro- desde que estabamos chiquitas. Me acuerdo escucharlo cantando y jugando conmigo en el ranchito donde trabajaba haciendo los aparejos que le enseñó a hacer el papito Chucho.
Así creció en mi imaginario, el gallinazo como un ave que va mucho mas allá de la carroña, viendolo como un animal fuerte y protector, un tipo de guia espiritual del clan familiar que con su vuelo firme y leve hace ver la inmensidad como algo tan simple; un animal que no le tiene miedo a nada, que con su gran porte puede ser dueño de su propia libertad y que con su vuelo al ritmo del viento puede ir a donde quiera con total levedad.
Una de las primeras veces que el gallinazo vino a mi clan familiar para hacer referencia a una persona fue cuando a mi hermana Negra la operaron y quedó muy flaca. Yo iba a acompañarla muchas veces a la clínica y le decía que parecía un gallinazo, y ella empezaba a reírse diciendome "no me hagas reír tanto que me duele". De esa forma el gallinazo se convirtió en una referencia para reírnos siempre.
Mi mamá -la vieja Débora-, también trajo al gallinazo como un animal de poder a mi vida, pues siempre ha dicho que ella se siente como un gallinazo, libre para volar a donde quiera sin que nadie lo moleste. Recuerdo que un dia en Santa Fe de Antioquia me dijo que le hiciera un tatuaje con jagua de gallinazo en su pierna, porque ese animal para ella era su propia representación.
La Negra se volvió a enfermar y esta vez fue de una gravedad tan notoria que hice todo lo posible para viajar a Colombia desde Brasil para estar con ella y cantarle de nuevo la canción del gallinazo. Varias veces se la canté por teléfono y se reía, hasta abría los ojos cuando estaba cansada para escucharla y reírse e nuevo. Le pedí a mi papá que se la volviera a cantar, y ella le pidió que se quedara a su lado, en su cama durmiendo un rato juntos.
El día que llegué a Colombia, me tomé un taxi directo del aeropuerto a la clínica donde la Negra estaba hospitalizada, allí me esperaron algunas de mis hermanas y mi hermano/padrino Dairo. Cuando subí a su cuarto me eché la bendición y entré.
Lo que sentí en ese momento no fue otra cosa que un alivio inmenso, una paz, un amor y un sentido de agradecimiento por poder estar allí junto a ella, poderle hacer un cariño, agradecerle por esperarme para despedirnos, cantarle un vez mas la canción del gallinazo y el gual, ponerle una musica para bailar y agradecer por ella, por su vida, por su alegría, por su fuerza y por todo lo que nos trajo, pedirle perdón por lo que pudo haberla ofendido y estar a su lado y al lado de su hija un buen rato. Todo el cansancio del viaje se esfumó estando allí, solo quería estar, quedarme a su lado un rato, entregarle el angelito que el Preto y yo le hicimos con tanto amor, dejarlo en su cabecera y vivir el momento.
Horas mas tarde, cuando yo estaba con mi mamá y mi papá, la Negra partió a otro plano y yo no tuve mas que agradecer por el milagro de la vida y por haber tenido una hermana maravillosa y luminosa, que ahora se unió a nuestro clan mayor.
Hubo ritual de despedida como ella lo pidió, pero yo sentía que tenía que ir al Rio Tonusco a despedirme de ella antes de regresar a Brasil y así fue.
Junto con mi mamá y mi tia Magdalena decidimos ir un día de enero muy de mañana al Río Tonusco a hacer una despedida y a bañarnos en sus aguas con Jabón Rey como ya es tradición en el familia. Cuando llegamos a la orilla del río, había una buena cantidad de gallinazos posados sobre el piso, como aguardándonos, todos ellos muy quietos, posados en la arena, en algunas piedras y en ramas de árboles.
Empezamos a soltar a la Negra en el rio, soltar su vida, todo lo que sentimos con y hacia ella, todas esas conexiones que llegaron a ser dolorosas para nosotras, para ella y para el linaje familiar, agradecimos de todas las formas posibles. Mientras hacíamos ese ritual el rio se iba llevando nuestras penas, nuestras lágrimas y nuestros dolores, nos íbamos limpiando, íbamos haciendo el duelo mas llevadero.
Cuando finalizamos nuestros rezos, cantos y sentires, empezaron a volar cerca de nosotras muchos gallinazos, primero pasaron cuatro juntos en una línea. Mi tia Magdalena sin pensar dijo "ahí van mi madre, mi padre, Bernarda y la Negra" luego pasó otro dedrás quieriendo alcanzarlos y mi tia dijo "ahí va Román también". Empezamos a reírnos, no podíamos creer lo que estaba pasando, en ese momento comenzaron a pasar por encima de nosotras volando una bandada de gallinazos que se iban perdiendo por entre los árboles al otro lado del río.
No quedó ni un solo gallinazo cerca del lugar en el que estábamos, nosotras con cara de asombro y todavía emocionadas por el momento aprovechamos para darnos un baño de limpieza en las aguas del Rio Tonusco, nos lavamos con Jabón Rey y hasta con una piedra, sacamos para fuera las cosas que no queremos que habiten en nuestros cuerpos y en nuestra mente, nos liberamos del peso de las herencias que no queremos llevar y nos sentimos mas livianas.
Finalizando el ritual de baño, miramos para atrás de nosotras y había un solo gallinazo a unos cien metros, muy tranquilo y quieto observándonos, sentimos como si fuera un guardián de nuestro linaje familiar cuidando de nuestro caminar.