martes, 10 de septiembre de 2013

El señor dela totuma

Y volvimos a encontrarnos, hacía tanto tiempo que no nos topábamos por ahí que ya estaba olvidando la forma que tenías tan única de acercarte a mi y sorprenderme con pequeños detalles.

El hecho de reencontrarnos me trajo a al mente todos esos recuerdos que vivieron escondidos en mi mente mientras tu te metías en el baúl de la abuela ocultándote de la vista de todos, empezando por la mía.

Volvimos a vernos y ahí estabas, inmobil, tan estupefacto, que temí romper ese silencio tuyo, no se si realmente estuvieras mirando hacia algún lugar en concreto o si simplemente hubieras tenido los ojos abiertos pero cerrados como en aquellas tardes en que nos recostábamos sobre el prado bajo la sombra de un guayacán amarillo que dejando caer sus flores nos hipnotizaba, a tal punto, que nos quedábamos mirando a todo y a ninguna parte, era como si nos transportáramos a una dimensión desconocida.

Seguiste con esa mirada perdida que me intranquilizaba, incluso llegué a pensar que te habías convertido en una estatua, en una de esas imagencitas que nuestra madre posaba sobre su repisa o colgaba de un clavo en su pared, recuerdo que su cuarto se parecía mucho a  una de esas tiendas donde venden artículos religiosos, con la diferencia que en dichos lugares no podías encontrar a "un señor dela totuma" como muy particularmente ella decidió bautizar a un crucifijo que ya no lo era y que había encontrado en una de sus caminatas por las veredas de nuestro pueblo en medio de una polvorienta carretera destapada.

  Te acuerdas cuando ella nos hizo arrodillar durante un largo rato frente al señor de la totuma, por habernos puesto a hacer pilatunas con esa prima pestañona que vivía en casa y que por poco se tira al río en una de esas furias que le daban cuando no quería hacer lo que se le encomendaba. Aun me parece mentira que ella y yo habiendo nacido con un día de diferencia, y siendo criadas en un mismo hogar y en una misma escuela  fuéramos tan distintas; ella siempre con ese gusto por salir a correr por las calles y besar chicos a escondidas, mientras yo me quedaba en casa menospreciando sus invitaciones porque un libro me esperaba en uno de los estantes de mis hermanas mayores.

Así transcurrió nuestra infancia, entre juegos, castigos sobre las rodillas y libros que querían ser leídos, de la casa en que vivíamos solo quedan un par de paredes y el señor de la totuma que no se pudo ir ya que no tenía pies con qué caminar.


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