Desde que llegué a Brasil, me he sentido atraída por la cultura popular, por las aminifestaciones artisticas abiertas al público, por ver a las personas viviendo y disfrutando sin tener que pedirle permiso a nadie.
Una de esas manifestaciones que se pueden ver por las calles de la ciudad, cada tanto son las "rodas de samba", hay una en particular que me encanta, porque es en un bar microscópico pero donde no entra un alma los días que hay samba, allí hay una cita marcada el segundo viernes de cada mes.
Yo me preparo para tener la noche libre y salir a vivir el momento sin prisa y sin pausa. Me gusta escuchar la música aunque a veces no entienda o no conozca las letras, cuando las conozco, las canto apulmón herido!. Pero lo que mas me gusta, es bailar sintiendo toda la energía del momento, eso me hace feliz, hay personas que dicen que parezco una brasilera más.
La ultima roda de samba en la que estuve fue diferente, estuve bailando y cantando como de costumbre, pero apareció algo diferente, los intrumentos en mis manos, primero un tamborim, luego un pandeiro y finalmente un agogó.
El momento del tamborín fue en medio del baile con uno de los músicos que lo quiso compartir conmigo para que me arriesgara a tocar.
El pandeiro llegó a mis manos y una mujer negra maravillosa me dice "se senta aí na roda minha nega, representa nós!" en ese momento sin saber tocar pandeiro me senté en medio de los otros musicos, todos hombre y toque durante una o dos canciones, me sentí fuerte, empoderada, musical.
Finalmente llegó el agogó, la roda había finalizado y quedaban los últimos resquicios sambisticos con ganas de más, ahí también me senté en la roda como la única mujer envuelta en el toque instrumental.
Me sentí muy brasilera, me sentí sambista, me sentí confiante, no es una locura entrar al ritmo de la música y conocerla haciendo parte de la historia.