sábado, 26 de abril de 2014

Señales de humano

El otro día, cuando me cité con vos para ver esa película que tenía un nombre que lo decía todo y que en el fondo no decía nada, que nos generó algo de intriga, no tanto por su contenido, sino por nuestro reencuentro después de una memoria perdida con todo el propósito del mundo; estaba a punto de cruzar como de costumbre las vías del tren, cuando misteriosamente vi aparecerse a lo lejos a un sujeto de aspecto ajado, con barba y cabello largo caminar al lado de una antigua bicicleta cargada de artilugios, justo por la vereda de enfrente.

Yo, que como tu bien lo sabes, soy bastante obstinada sin dejar la impulsividad que siempre cargo a cuestas, opté por cruzar la calle en lugar de cruzar los rieles, debo confesar que en ese instante lo primero que se pasó por la mente fue la imagen de Karenina, sin embargo, no pude detenerme mucho a pensar en ella, pues el sujeto de la bicicleta terminó por aparcarla cerca de un árbol, mientras que yo procedía de igual forma con la mía, luego, nos miramos, nos abrazamos, sonreímos y nos seguimos riendo por la particular forma en que el destino últimamente nos cruza por ahí.

No hubo mucho tiempo para hablar, ni ponernos una nueva cita del mismo género y calidad, pues mientras se desarrollaba nuestra cita, me percaté de que me estabas esperando, pues el humo se veía venir directamente hacia mi casi como una gran tormenta, nunca en la vida había recibido señales de humo y la verdad me alegró tanto que hubieses sido tu el primero en buscarme de esa manera tan cavernícola para romper con las formas que nos quiere imponer el sistema que anda sobre cuatro ruedas, que detuvo al tren la otra noche, que le pinchó la llanta trasera de la bici a mi amigo el de la barba y que te dejó sin crédito en el celular.


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