Cuando se va de viaje a un lugar de la geografía nacional famoso por sus playas se espera al menos, en medio de la noche, después de haber deambulado por la ciudad, saboreado nuevos manjares y corrido tras el rastro del viento; divisar el ese lago gigante que toca el cielo con su inmensidad, ver en el el reflejo de la luna y las estrellas y si se cuenta con suerte, atrapar una estrella fugaz antes de que se apague al llegar a las aguas mas profundas, mas allá de lo que unos ojos fotosensibles pueden observar.
Ese día, los sueños no se hicieron realidad, todo transcurría cual lo soñado -en una pesadilla-, las personas estaban enceguecidas por las luces de las calles que incitaban al baile desenfrenado, la codicia por adquirir los artículos de moda y por saborear los platos mas caros del menú.
Camino a la gran pared, se vía gente embriagada por el alcohol con la razón totalmente arrebatada, grupos de personas transitando en vehículos tradicionales en medio del bullicio, sumidos totalmente en lo banal de un mundo fabricado para el consumo de necesidades creadas por el capitalismo, a lo lejos, se observaba como transitaba un auto tras otro en las mismas circunstancias.
Alguien se quedó quieto, trató de detenerse para mirar hacia el infinito, pero lo unico que logró fue que sus ojos se llenaran de lagrimas, de esas que corren velozmente por las mejillas antes de que te percates de su existencia, el motivo del llanto, pudo haber sido caprichoso para algunos, pero para ese alguien, era la explicación a la falta de sentido natural de los constructores de autopista al atreverse a llenar de luces artificiales el camino e impedir la vista del océano.
Aquella noche estuvo oscurecida por las luces de la ciudad, más al día siguiente, el universo ofreció una disculpa que más parecía un regalo: el atardecer más hermoso que cualquiera hubiera imaginado, justo a la medida del mejor cazador de crepúsculos conocido en la historia.
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