martes, 21 de octubre de 2014

Mi ciudad

"Entro de noche a mi ciudad, yo bajo a mi ciudad
donde me esperan o me eluden, donde tengo que huir 
de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre,
una cita con dedos, con pedazos de carne en un armario,
con una ducha que no encuentro, en mi ciudad hay
                                                                             [duchas, 
hay un canal que corta por el medio mi ciudad
y navíos enormes sin mástiles pasan en un silencio
                                                                        [intolerable
hacia un destino que conozco pero que olvido al
                                                                         [regresar,
hacia un destino que niega mi ciudad
donde nadie se embarca, donde se está para quedarse 
aunque los barcos pasen y desde el liso puente alguno
                                                       [esté mirando mi ciudad."

Cortázar.


Hoy pasé gran parte del día pensando en mi ciudad, en esa donde la noche va asomándose con ríos de luz que bajan desde lo alto de las montañas que le rodean, en aquella en que la luna no se deja ver del color del queso, pues se esconde tras alguna ladera para salir lo mas tarde posible sin que muchos se den cuenta e intempestivamente aparecer como una adolescente llena de brillo a la mitad de la noche, persiguiendote si es que deseas huir hacia otro rumbo, no importa si vas a pie, en bici, en auto o en tren, ella siempre está tras de ti.

Recuerdo que una noche intenté deslizarme cual cayakista por los ríos de luz que brotan de las montañas de mi ciudad, arranqué despacito, avanzando poquito a poco, pero de un momento a otro me sentí totalmente sumergida entre destellos que herían mi vista; entre tanto, sentía que la embarcación seguía en movimiento, que mi ciudad tomaba un olor distinto, ya no a primavera permanente, pero sí a esa extraña sustancia que llena de comezón mi nariz poniendome a estornudar entre cuatro y cinco veces seguidas.

Cuando pude abrir los ojos, el río seguía ahí, la luna del color del queso se reflejaba en sus aguas y yo estaba tan inmobil como de costumbre, ahora sin montañas, pero con un cielo celeste, otras veces violeta y otras veces con luna roja a la hora del crepúsculo.

Mi ciudad, cada noche me va atrapando, me somete a sus metamorfosis, me envuelve en un velo de tul, me suelta, me empuja, me manda a la deriva, me hace subir al cerro, me pone a caminar por la llanura, me hace ver barcos que parecen puentes, puentes que parecen de otro planeta, estrellas juguetonas, gatos que le ronronean a la noche, caminos sin rumbo, ríos de sangre y de fuego, me lanza sobre la tierra fertil, sobre el pasto, me sube trepando por una tela a la cima de su árbol mas alto de donde puedo divisar todo su esplendor.

Esta noche mi ciudad está llena de mi, y yo estoy llena de ella, su río ha invadido mi ser y me siento flotar en el como una barca de pescador iluminada con una vela.   

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