No se bien cómo reconocerme cuando miro mi imagen en el reflejo que se muestra en alguna vidriera del centro, tampoco se cómo mirar los vidrios de las ventanas sin encontrar retratos en ellas, de esos tan extraños que no alcanzo a distinguir muy bien.
De niña, recuerdo que me llevaron a un parque de diversiones donde había un juego -si así puede llamárselo- denominado "El laberinto de los espejos"; vi tantos rostros en el, que según relata mi madre, al final salí totalmente pálida cual hoja de papel. Me encontraba muy asustada, pero por fortuna existe el algodón de azúcar para un aterrizaje suave, mas aún, tratándose de una niña de siete años que nunca imaginó ver tantas caras reflejadas en la suya.
Hoy me he sentado, bien apoyada sobre el respaldo de una silla que puse justo en frente de la vidriera de mi balcón, he abierto y cerrado los ojos incontables veces, y ocurre que siempre veo a alguien diferente en frente, ya no se cuántas somos ahora, definitivamente creo que perdí la cuenta y también la apariencia.
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