martes, 11 de diciembre de 2012

Un escalofrío

Escucho un eco, un eco a lo lejos que repite esas palabras que algunas vez salieron de tu boca, quisiera callarlo, pero un eco no puede ser silenciado si no fue antes silenciada su fuente, si no te percataste de la existencia de un pequeños zumbido, no puedes luego apagar el eco del sonido que dejó, debes soportarlo, aguantarlo, tapar tus oídos para escucharlo menos fuerte, eliminar tu sensibilidad, pero las ondas seguirán ahí, y por efecto de la física chocarán contra ti, te harán estremecer, sentirás un escalofrío que parte de tu espalada y te recorre todo el cuerpo, cada uno de tus sentidos se dispara, se agudiza, tu pupila se dilata, te sudan las manos, tu corazón se acelera, la voz te comienza a temblar, sientes el olor del suspenso, del sudor frío de tu vecino, y tus oídos ..tus oídos siguen ahí escuchando esa misteriosa vos, el eco de esa vos que te llama, que con un respiro te engaña, esa vos que quieres silenciar, pero sigue siendo un eco que se repite cíclicamente, que te insulta, te corroe las entrañas, que convierte en óxido tus oídos, que retumba en tu cerebro y no te deja dormir.

Al despertar, te das cuenta que todo fue una ilusión, que esa vos que escuchabas no era mas que el eco de tu pensamiento, ese que sólo tu podías dominar, porque sólo a ti pertenece, ese poder sólo está en tus manos, se encuentra bajo tu custodia, y si no lo sabes controlar esa vos silenciosa se apoderará de ti, te enajenará,  perderás la razón o quizá, ese eco se convierta en tu razón misma, en esa conciencia que lanza chirridos de locomotora sin reparar, de grillos de media noche, de aullidos de selva, y aunque esté dentro de ti, no eres tu quien la controla, a menos que la descubras e ingreses dentro de ella en forma de escalofrío por la espalda.    

Aquella noche todo era silencio y penumbra, cuando a lo lejos, una respiración, no!, era un suspiro, un suspiro que salía desde el alma, se percibía un tono agónico en su fondo, un tono de tristeza y desolación que poco a poco se iba agudizando, se acercaba levitando hacia mi, yo me quedé quieto,  como inmobil, no sabía como reaccionar, mientras meditaba sobre la decisión que iba a tomar, aquel suspiro se tornaba más y más profundo, y entre más profundo, más cercano a mi, ya lo sentía a pocos centímetros de mi espala y no me atrevía a hacerle frente, mi cuerpo sudaba a borbotones.

Miré hacia atrás y me encontré con una pequeña sonrisa felina que se agrandaba poco a poco, entre sus dientes se escapaba el humo del tabaco consumido minutos antes, hasta que no se contuvo más y soltó una enorme fumarola que nubló todo el espacio que nos rodeaba, yo empecé a merodear al rededor del lugar, pero no pude visualizar nada, todo se encontraba tupido y gris. Empezaron a caer enormes goterones del cielo, nos mojamos terriblemente, intentamos resguardarnos en un viejo tronco pero no sirvió de nada, pues estaba demasiado envejecido y remojado para protegernos  por lo cual debimos acudir  la cueva de un viejo oso que por fortuna había olvidado el vocablo agresividad y por ende nos permitió permanecer en su casa hasta el amanecer.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario